NASA · Estados Unidos
Programa Apolo
- 12
- Misiones
- 11
- Misiones tripuladas
- 26 de febrero de 1966
- Primer lanzamiento
- 7 de diciembre de 1972
- Último lanzamiento


-202_MISSION_-_KSC_(S66-50201).jpg)
_-_KSC.jpg)









.jpg)



























.jpg)










.jpg)
_(cropped).jpg)
.jpg)





.jpg)

.jpg)




_%E2%80%94_lanzamiento_desde_el_Complejo_37_(S68-19456).jpg)



_en_el_instante_del_despegue.jpg)


.jpg)



















.jpg)
.jpg)
.jpg)









_202_-_RECOVERY_(S66-49413).jpg)









.jpg)
-017.jpg)













-34_-_APOLLO-SATURN_(A-S)_MISSION_202_-_PRELAUNCH_ALERT_-_KSC_(S66-50969).jpg)









.jpg)





.jpg)

_501_ROLL-OUT_-_CAPE.jpg)






.jpg)




El programa Apollo fue el esfuerzo de la NASA para llevar seres humanos a la superficie de la Luna y devolverlos sanos y salvos a la Tierra, y sigue siendo el proyecto civil de ingeniería más ambicioso que ha emprendido Estados Unidos en tiempo de paz. Nacido a finales de los años cincuenta como un estudio de continuación del programa Mercury —una nave para tres tripulantes capaz de volar en órbita terrestre alta y, quizá, de circunnavegar la Luna—, cambió de naturaleza el 25 de mayo de 1961, cuando el presidente John F. Kennedy pidió al Congreso comprometerse a posar un hombre en la Luna y traerlo de vuelta antes de que terminara la década. Aquella frase convirtió un proyecto de exploración en un plazo político, y el plazo determinó casi todas las decisiones técnicas que vinieron después. Para cumplirlo hubo que inventar a la vez una nave, un cohete, una industria y una forma de trabajar. El programa se apoyó en tres piezas de hardware nuevas y en la decisión, tomada en 1962 tras un debate interno áspero, de volar mediante encuentro en órbita lunar: un lanzador gigante de la familia Saturn, un módulo de mando y servicio que llevaba a la tripulación hasta la Luna y la traía de regreso, y un módulo lunar de dos etapas que descendía a la superficie y volvía a reunirse con la nave madre en órbita. Alrededor de ese esquema se construyeron centros enteros —el complejo de montaje y lanzamiento de Merritt Island, los laboratorios de Huntsville, el centro de naves tripuladas de Houston— y una red de contratistas que en su punto álgido empleó a unas 400.000 personas y movilizó a más de 20.000 empresas industriales y universidades. El camino no fue lineal. El incendio de la cabina de la Apollo 1 en un ensayo en tierra, en enero de 1967, mató a su tripulación, detuvo los vuelos tripulados durante casi dos años y obligó a rehacer la nave y los procedimientos. Cuando el programa volvió a volar lo hizo con una cadencia extraordinaria: en poco más de un año encadenó el primer vuelo tripulado del módulo de mando, el primer viaje humano a la órbita de la Luna, el ensayo del módulo lunar en órbita terrestre, el ensayo general en órbita lunar y, en julio de 1969, el primer alunizaje. Entre 1969 y 1972, seis tripulaciones se posaron en seis lugares distintos de la Luna y doce personas caminaron sobre ella. El final llegó antes de lo previsto. Los recortes presupuestarios cancelaron las últimas misiones planificadas y la Apollo 17, en diciembre de 1972, cerró la exploración lunar tripulada; el hardware sobrante se reutilizó en la estación Skylab y en el acoplamiento conjunto con una nave Soyuz en 1975. El balance científico fue enorme: 382 kilogramos de rocas y suelo lunar repartidos en unas 2.200 muestras individuales, estaciones geofísicas dejadas en la superficie y reflectores láser que siguen midiendo la distancia Tierra-Luna medio siglo después. Su coste, unos 25,4 mil millones de dólares de 1973, y su herencia técnica —ordenadores de guiado, gestión de programas complejos, control de misión— explican por qué Apollo sigue siendo la vara con la que se miden los programas de exploración humana posteriores.
Objetivos
El objetivo declarado del programa fue posar seres humanos en la Luna y devolverlos con seguridad a la Tierra dentro de la década de 1960, tal como lo formuló el compromiso presidencial de mayo de 1961. Ese enunciado, sin embargo, no agota lo que Apollo se propuso: la NASA lo desglosó en un conjunto de metas complementarias que guiaron el diseño de las misiones y el reparto del presupuesto. La primera fue demostrar que la tecnología y la organización estadounidenses eran capaces de sostener una operación de esa escala, en un contexto de competencia abierta con la Unión Soviética por la preeminencia espacial. La segunda, llevar a cabo un programa de exploración científica de la Luna: cartografiar sus terrenos, recoger muestras representativas de distintas unidades geológicas y dejar instalados instrumentos que siguieran midiendo cuando las tripulaciones se hubieran marchado. La tercera, desarrollar la capacidad humana de vivir y trabajar en el entorno lunar, desde los trajes y los vehículos de superficie hasta los procedimientos de una jornada de trabajo en gravedad reducida y vacío. A esas metas se añadieron objetivos intermedios que ordenaron la secuencia de vuelos: calificar el lanzador Saturn V y la nave Apollo en vuelos no tripulados antes de arriesgar tripulaciones; dominar el encuentro y el acoplamiento en órbita terrestre y lunar, sin los cuales el modo de vuelo elegido era impracticable; validar el módulo lunar primero en órbita baja y después en órbita de la Luna; y construir en tierra la infraestructura de montaje, transporte y lanzamiento capaz de preparar vehículos de ese tamaño con una cadencia de varias misiones al año. Cada vuelo del programa recibió una asignación de objetivos concreta dentro de esa escalera, de modo que ninguna misión repitiera sin necesidad lo que la anterior ya había demostrado.
Misiones de Programa Apolo
| Número de misión | Misiones | Fecha de lanzamiento | Lanzador | Tripulantes | Duración | Resultado |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | AS-201 | 26 feb 1966, 16:12 | Saturn IB (SA-201) | — | 37 min | Éxito |
| 2 | AS-203 | 5 jul 1966, 14:53 | Saturn IB (SA-203) | — | — | Éxito |
| 3 | AS-202 | 25 ago 1966, 17:15 | Saturn IB (SA-202) | — | 1 h 33 min | Éxito |
| 5 | Apolo 4 | 9 nov 1967, 12:00 | Saturn V (SA-501) | — | 8 h 37 min | Éxito |
| 6 | Apolo 5 | 22 ene 1968, 22:48 | Saturn IB (SA-204) | — | 7 h 50 min | Éxito |
| 7 | Apolo 6 | 4 abr 1968, 12:00 | Saturn V (SA-502) | — | 9 h 57 min | Éxito parcial |
| 8 | Apolo 7 | 11 oct 1968, 15:02 | Saturn IB (SA-205) | 3 | 10 d 20 h | Éxito |
| 9 | Apolo 8 | 21 dic 1968, 12:51 | Saturn V (SA-503) | 3 | 6 d 3 h | Éxito |
| 10 | Apolo 9 | 3 mar 1969, 16:00 | Saturn V (SA-504) | 3 | 10 d 1 h | Éxito |
| 12 | Apolo 11 | 16 jul 1969, 13:32 | Saturn V (SA-506) | 3 | 8 d 3 h | Éxito |
| 14 | Apolo 13 | 11 abr 1970, 19:13 | Saturn V (SA-508) | 3 | 5 d 22 h | Éxito parcial |
| 4 | Apolo 1 | — | Saturn IB (SA-204) | 3 | — | Fracaso |
Historia
Antes del compromiso: un proyecto de continuación
Apollo no nació como programa lunar. Cuando la NASA empezó a estudiarlo, a finales de la década de 1950, la agencia buscaba sencillamente qué hacer después de Mercury: una nave para tres tripulantes, más capaz y más habitable, pensada para misiones de larga duración en órbita terrestre, para un eventual vuelo alrededor de la Luna y, en el horizonte más lejano, para un alunizaje sin fecha. Los estudios de viabilidad se repartieron entre varias empresas y los grupos internos de la agencia trabajaron sobre configuraciones de cabina, sistemas de soporte vital y perfiles de reentrada a velocidad de retorno lunar, que es el problema térmico que separa un vuelo orbital de un viaje interplanetario corto.
Ese trabajo preparatorio resultó decisivo. Cuando el programa cambió de escala, la agencia no partía de cero: existían ya requisitos de la nave, una idea del tipo de escudo térmico necesario y una familia de lanzadores en desarrollo bajo la dirección del equipo de Wernher von Braun, transferido al centro de vuelo espacial Marshall en Huntsville. El acelerón político encontró, por tanto, una arquitectura embrionaria sobre la que apoyarse, no una hoja en blanco.
El compromiso de 1961 y la carrera contra el calendario
El contexto lo marcó la competencia con la Unión Soviética. El lanzamiento del primer satélite artificial en 1957 y, sobre todo, el primer vuelo humano orbital soviético en abril de 1961 instalaron en Washington la percepción de un retraso estratégico. El 25 de mayo de 1961, en un mensaje al Congreso, el presidente Kennedy propuso que la nación se comprometiera a lograr, antes del fin de la década, el objetivo de posar un hombre en la Luna y devolverlo a salvo a la Tierra.

La frase tenía consecuencias técnicas inmediatas. Fijar una fecha convertía el tiempo en el recurso más escaso del programa y obligaba a decidir con información incompleta, a desarrollar en paralelo lo que en condiciones normales se habría hecho en serie y a pagar por redundancia allí donde una espera habría sido más barata. También transformó la estructura de la NASA: el presupuesto creció con rapidez, se crearon o ampliaron centros, se contrataron plantillas enteras y se importaron del ámbito militar y de la industria métodos de gestión de proyectos —planificación por hitos, control de configuración, seguimiento de interfaces— que hasta entonces no se aplicaban a un programa civil de esa complejidad.
La decisión del modo de vuelo
La pregunta que ordenó todo lo demás no fue qué cohete construir, sino cómo llegar. Se estudiaron tres modos. El ascenso directo enviaba una única nave a la Luna con un lanzador enorme, de una potencia que ningún proyecto en curso garantizaba a tiempo. El encuentro en órbita terrestre repartía la carga entre dos o más lanzamientos que se ensamblaban alrededor de la Tierra antes de partir. El encuentro en órbita lunar, defendido con insistencia por John Houbolt desde el centro de investigación Langley, proponía dejar la nave principal en órbita de la Luna y bajar solo con un pequeño vehículo especializado, que además podía abandonar su etapa de descenso en la superficie.
La tercera opción era la más ligera y la que permitía optimizar cada vehículo para su tarea, pero exigía una maniobra que entonces nadie había ensayado: encontrarse y acoplarse en órbita lunar, a cientos de miles de kilómetros de casa, sin posibilidad de refugio si algo fallaba. El debate interno fue duro y enfrentó a los centros entre sí. En 1962 la agencia se decidió por el encuentro en órbita lunar, y con esa elección quedaron fijados el tamaño del lanzador, la existencia de un módulo lunar separado y buena parte del contenido de los vuelos de prueba posteriores, que tuvieron que demostrar el encuentro espacial como capacidad rutinaria antes de intentarlo junto a la Luna.
Tres máquinas nuevas
El resultado fue un sistema de tres piezas. El lanzador Saturn V, de tres etapas, se diseñó para colocar en trayectoria translunar un conjunto que ninguna otra máquina de la época podía mover; su primera etapa la construyó Boeing, la segunda North American Aviation y la tercera Douglas, con la unidad de instrumentos —el anillo con el guiado y el control del vehículo— a cargo de IBM, todo bajo la coordinación técnica del centro Marshall. Para las misiones que no requerían salir de la órbita terrestre se empleó el Saturn IB, más pequeño, que reutilizaba la etapa superior del vehículo grande.

El módulo de mando y servicio, de North American Aviation, era la nave de la tripulación: una cápsula cónica presurizada con el escudo térmico capaz de soportar la reentrada a velocidad de retorno lunar, acoplada a un módulo de servicio cilíndrico con el motor principal, las células de combustible, los tanques y las antenas. El módulo lunar, de Grumman, fue la primera nave tripulada concebida para volar solo en el vacío: dos etapas independientes, una de descenso con motor regulable y tren de aterrizaje, y otra de ascenso que despegaba desde la primera para reunirse con el módulo de mando. Su estructura, aligerada hasta el límite, no habría resistido la atmósfera terrestre.
A esas tres piezas se sumó un cuarto elemento menos visible y no menos crítico: el ordenador de guiado, desarrollado por el laboratorio de instrumentación del Instituto Tecnológico de Massachusetts, con su unidad inercial y su software de navegación. Era un sistema modesto en capacidad de cálculo comparado con cualquier equipo posterior, pero con una arquitectura de prioridades y reinicio que permitió salvar situaciones críticas en vuelo, y fue uno de los grandes impulsores de la microelectrónica de circuitos integrados de la época.
Una industria y un puerto para la Luna
Construir las máquinas fue solo una parte del problema; la otra fue montarlas, transportarlas y lanzarlas. Los vehículos Saturn eran demasiado grandes para prepararse en la rampa, de modo que la NASA levantó en Merritt Island, junto a Cabo Cañaveral, un complejo pensado para ensamblar el cohete completo bajo techo y llevarlo después, ya erguido, hasta la plataforma. El edificio de ensamblaje vertical, las plataformas móviles, la torre umbilical y los transportadores oruga que recorrían la calzada hasta los puntos de lanzamiento del complejo 39 formaban un sistema de manejo tan singular como el propio cohete, y su historia ocupa un volumen entero de las historias oficiales del programa.

El esfuerzo industrial fue proporcional. En su punto máximo el programa dio trabajo a unas 400.000 personas y requirió el concurso de más de 20.000 empresas y universidades repartidas por todo el país, con una cadena de suministro que iba desde las grandes ensambladoras hasta talleres que fabricaban una sola pieza. Esa dispersión obligó a inventar procedimientos de aseguramiento de la calidad, de trazabilidad de componentes y de control de cambios que después se convirtieron en práctica común de la ingeniería de sistemas. El coste total del programa se cifró en unos 25,4 mil millones de dólares de 1973, equivalentes a cientos de miles de millones actuales según los análisis de coste más recientes.
El incendio de la Apollo 1
El 27 de enero de 1967, durante un ensayo en tierra con el vehículo sin combustible, un incendio se declaró en la cabina del primer módulo de mando destinado a volar con tripulación. La atmósfera de oxígeno puro a presión superior a la ambiente, el cableado y los materiales combustibles del interior convirtieron una chispa en un fuego imposible de sofocar, y la escotilla, que se abría hacia dentro y requería varios minutos, impidió cualquier evacuación. Murieron los tres astronautas asignados a la misión.
La investigación posterior fue implacable con el programa y con su contratista principal, y sus conclusiones rehicieron la nave: escotilla de apertura rápida hacia fuera, eliminación de materiales inflamables de la cabina, cableado protegido, cambio de la atmósfera empleada en tierra y una revisión general de los procedimientos de ensayo. Los vuelos tripulados quedaron detenidos cerca de dos años. Paradójicamente, aquella parada permitió depurar el módulo de mando y el módulo lunar hasta un grado de madurez que el calendario original no habría consentido, y en la memoria del programa el accidente quedó como el punto en que la prisa dejó de ser el único criterio.
De la calificación al alunizaje
Mientras el programa tripulado estaba detenido, los vuelos no tripulados siguieron adelante. El primer lanzamiento del Saturn V, en noviembre de 1967, voló el vehículo completo a la primera con todas sus etapas activas y sometió el módulo de mando a una reentrada a velocidad de retorno lunar; poco después, otro vuelo puso a prueba el módulo lunar en órbita terrestre, y un tercero, con problemas serios de vibración y fallos de motor en las etapas superiores, obligó a rediseñar detalles antes de autorizar tripulaciones a bordo.

La recuperación fue vertiginosa. En octubre de 1968 el primer vuelo tripulado del módulo de mando rediseñado pasó once días en órbita terrestre ensayando la nave; en diciembre, con el módulo lunar aún sin estar listo, la NASA tomó la decisión audaz de enviar una tripulación a la órbita de la Luna a bordo del módulo de mando, un vuelo que confirmó la navegación translunar y el regreso desde una órbita lunar. En la primavera de 1969 se voló el módulo lunar tripulado en órbita terrestre, con separación, encuentro y acoplamiento completos, y a continuación se repitió el perfil entero en órbita de la Luna, descendiendo hasta pocos kilómetros de la superficie sin llegar a posarse. En julio de 1969, la quinta misión de aquella secuencia alunizó: la humanidad pisó otro cuerpo celeste por primera vez.
Seis alunizajes y una emergencia
Entre 1969 y 1972 el programa completó seis descensos con éxito en seis regiones distintas, y doce personas caminaron sobre la Luna. La progresión fue deliberada. Los primeros alunizajes buscaron sobre todo demostrar la capacidad y una precisión de aterrizaje aceptable, con estancias cortas y salidas al exterior limitadas. Los siguientes ampliaron el tiempo en superficie y la carga científica, y las últimas tres misiones, las llamadas misiones J, llevaron un módulo lunar con mayor capacidad de descenso, un vehículo eléctrico de superficie que multiplicó el radio de exploración y un conjunto de instrumentos y cámaras en el módulo de servicio para cartografiar desde la órbita.
En abril de 1970 el programa vivió su emergencia más grave en vuelo: la explosión de un tanque de oxígeno del módulo de servicio, camino de la Luna, dejó a la nave sin energía ni soporte vital suficientes y obligó a cancelar el alunizaje. La tripulación empleó el módulo lunar como bote salvavidas, rodeó la Luna en una trayectoria de retorno libre y regresó a la Tierra. El accidente demostró la solidez del control de misión, forzó otra ronda de rediseños en el módulo de servicio y retrasó los vuelos siguientes varios meses.
La ciencia lunar
La dimensión científica creció a medida que el programa ganaba confianza operativa. Cada tripulación desplegó en la superficie un conjunto de instrumentos alimentados por un generador de radioisótopos —sismómetros, magnetómetros, detectores de viento solar, medidores de flujo térmico— que siguieron transmitiendo durante años después de la marcha de los astronautas. Varias misiones dejaron además reflectores de esquina que permiten medir con láser la distancia entre la Tierra y la Luna, un experimento que continúa dando datos medio siglo más tarde.

La cosecha de muestras fue el legado más duradero. En total, el programa trajo a la Tierra 382 kilogramos de rocas y suelo lunar, repartidos en unas 2.200 muestras individuales tomadas en seis lugares de geología muy distinta, desde llanuras de lava hasta formaciones de tierras altas y depósitos de origen volcánico. Su análisis reescribió lo que se sabía sobre la edad de la superficie lunar, el bombardeo temprano del sistema solar interior y el origen del propio satélite, y una fracción del material se conservó sin abrir precisamente para que lo estudiaran generaciones con instrumentos que aún no existían. La preparación de las tripulaciones incorporó formación geológica de campo, y la última misión llevó a la Luna a un geólogo profesional.
El final anticipado y la herencia del hardware
El programa terminó antes de agotar el material construido. Cuando el objetivo político se dio por cumplido, la prioridad presupuestaria se desplazó hacia otros proyectos y las últimas misiones planificadas se cancelaron; el último alunizaje fue el de diciembre de 1972. Quedaron sin volar vehículos Saturn completos, que hoy se exhiben como piezas de museo, y equipos de superficie ya fabricados.
Ese excedente encontró dos usos. El primero fue la estación espacial Skylab, puesta en órbita en 1973 sobre una etapa de Saturn adaptada y visitada por tripulaciones que llegaron en naves Apollo lanzadas con Saturn IB. El segundo, en 1975, fue el acoplamiento en órbita de un módulo de mando Apollo con una nave Soyuz soviética mediante un módulo adaptador construido para la ocasión, primer vuelo conjunto de los dos programas que habían competido durante quince años. Con aquel vuelo se retiró definitivamente el hardware del programa lunar, y Estados Unidos no volvió a lanzar astronautas hasta la entrada en servicio del transbordador espacial.
Qué dejó Apollo
El balance del programa se suele medir en los seis alunizajes, pero su influencia fue más ancha. En lo técnico, empujó la electrónica de circuitos integrados, la metalurgia criogénica, las células de combustible, los materiales ablativos y el software embarcado de tiempo real mucho más deprisa de lo que habrían avanzado por sí solos. En lo organizativo, dejó una escuela de gestión de proyectos complejos —revisiones formales, control de configuración, análisis de fallos, doble cadena de decisión entre el centro de control y el vehículo— que se convirtió en el patrón de los grandes programas aeroespaciales posteriores.

En lo científico, fundó la geología planetaria comparada como disciplina con material de campo real, y las estaciones dejadas en la superficie proporcionaron la primera sismología de otro mundo. En lo cultural, las imágenes tomadas por las tripulaciones —la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, el planeta entero visto desde la distancia— cambiaron la manera en que la sociedad se miraba a sí misma y alimentaron el naciente movimiento ambiental. Y en lo político dejó una lección incómoda: un programa concebido como demostración de capacidad nacional cumple su objetivo y, cumplido este, pierde el argumento que lo sostenía. Los programas de exploración lunar posteriores han tenido que justificarse con razones distintas —presencia sostenida, ciencia, recursos, cooperación internacional— precisamente porque Apollo agotó la primera.
El programa como referencia
Medio siglo después, Apollo sigue funcionando como vara de medir. Las cifras de su esfuerzo —el pico de unas 400.000 personas, las más de 20.000 empresas y universidades implicadas, los 25,4 mil millones de dólares de 1973 que costó— se citan siempre que se discute si un país puede permitirse un programa de exploración humana. Sus decisiones de arquitectura, en particular el encuentro en órbita lunar y la separación entre nave de tránsito y vehículo de descenso, reaparecen casi intactas en los planes de retorno a la Luna del siglo XXI. Y sus fracasos, el incendio en tierra y la explosión del tanque de oxígeno, siguen siendo casos de estudio obligados sobre cómo la presión de calendario se transforma en riesgo asumido sin haber sido evaluado.
Imágenes























_en_el_instante_del_despegue.jpg)




.jpg)

-202_MISSION_-_KSC_(S66-50201).jpg)
_202_-_RECOVERY_(S66-49413).jpg)


-34_-_APOLLO-SATURN_(A-S)_MISSION_202_-_PRELAUNCH_ALERT_-_KSC_(S66-50969).jpg)
.jpg)
_(cropped).jpg)
.jpg)







_-_KSC.jpg)

_501_ROLL-OUT_-_CAPE.jpg)
-017.jpg)














.jpg)
.jpg)
_%E2%80%94_lanzamiento_desde_el_Complejo_37_(S68-19456).jpg)





.jpg)
.jpg)




.jpg)











.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)


























.jpg)













.jpg)



























En otros sitios
- Smithsonian National Air and Space MuseumApollo program image gallery ↗
- Smithsonian National Air and Space MuseumPhoto Archives — Apollo program holdings ↗
- Library of CongressNASA Johnson Space Center, Apollo Mission Control Center (HABS documentation) ↗
- Library of CongressApollo Mission Control Center — HABS photo gallery ↗
- Project Apollo ArchiveProject Apollo Archive — program photo galleries ↗
- March to the Moon (Apollo Digital Image Archive)Apollo program photo galleries — March to the Moon ↗
- National ArchivesSpace program photographic holdings research guide ↗
- Getty ImagesApollo program stock photo collection ↗
- Getty ImagesApollo Mission Control stock photo collection ↗
- Smithsonian Institution ArchivesApollo Photography Exhibit ↗















