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¿Como los drones cambiaron la guerra?

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Los drones cambiaron la guerra en dos oleadas. Primero, a partir de 2001, aparatos como el Predator y el MQ-9 Reaper permitieron vigilar y atacar durante más de 24 horas sin arriesgar tripulaciones. Después, desde Nagorno Karabaj en 2020 y sobre todo en Ucrania, los drones baratos hicieron el campo de batalla transparente y volvieron letal cualquier movimiento a la vista.

¿Como los drones cambiaron la guerra?
MQ-9 Reaper Satcom

De la vigilancia al ataque a distancia

Los primeros aviones no tripulados de uso masivo, como el Predator, se estrenaron en los Balcanes a mediados de los años noventa como plataformas de vigilancia. En 2001 recibieron misiles Hellfire y, con el MQ-9 Reaper desde 2007, nació una forma de guerra nueva: aparatos capaces de permanecer más de 24 horas sobre un objetivo, pilotados desde bases a miles de kilómetros y capaces de atacar sin exponer a nadie. Estados Unidos los empleó en Afganistán, Irak, Pakistán y Yemen, e inauguró el debate sobre los ataques selectivos y sus víctimas civiles.

La guerra de los drones baratos

El segundo cambio llegó cuando la tecnología se abarató. En Nagorno Karabaj, en 2020, los Bayraktar TB2 turcos y las municiones merodeadoras de Azerbaiyán destruyeron blindados y baterías antiaéreas armenias, demostrando que un país mediano podía lograr superioridad aérea con aparatos de pocos millones de dólares. La guerra de Ucrania desde 2022 llevó esa lógica al extremo: cuadricópteros comerciales para observar y corregir la artillería, drones FPV de unos cientos de euros que persiguen a un vehículo o a un soldado, y municiones de largo alcance como los Shahed, que Rusia lanza por centenares contra la red eléctrica. Ambos bandos fabrican aparatos por cientos de miles al año, y los drones navales ucranianos obligaron a la Flota del mar Negro a alejarse de Sebastopol.

Lo que ha cambiado de verdad

El campo de batalla se ha vuelto transparente: concentrar tropas o mover un vehículo a la luz del día resulta peligroso a decenas de kilómetros del frente. La ecuación económica de la defensa aérea se ha invertido, porque derribar un dron de 20.000 euros con un misil de un millón no es sostenible, lo que impulsa cañones, láseres y drones interceptores. Y la guerra electrónica ha pasado a primer plano: interferir el enlace o la señal GPS es hoy tan decisivo como el blindaje, de ahí los drones guiados por fibra óptica o con navegación autónoma.

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